CARICIA EVANESCENTE

AUTOR: SHNEY

Evanescencia
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Caricia evanescente del THC reptando leve y en sordina por mis circuitos interiores, a horcajadas del torrente sanguíneo hasta lo más recóndito del tejido neuronal. Susurro silencioso —casi imaginario— y emancipador de la mente que forcejea, aún, con lo acostumbrado y rutinario, para revestirlo con una pátina de atemporalidad, no resuelta por las esferas de relojes que existen sólo porque les dejamos encasillarnos en sus ritmos propios, y generalmente, atrabilarios. 

Detenerse sin proponérselo en la frase inacabada, suspendida por sus extremos como ropa tendida a secar o bicho inmortalizado trás el cristal de  insectario.

” …riders on the storm…” canta Morrison desde un arcaico vinilo. Tecnología obsoleta —como escribir con pluma— summum y delicia para los puristas, sin embargo.

Nubes, nubes y música. Música y lapsus de gentes y sentimientos que se han escondido trás los cerros y bosques del semiolvido pero que ahora, aparecen tan nuevos como en ese entonces y reconfortan y decepcionan. Nada es como antes y nunca lo será. Hemos cambiado. Ya no soy el mismo que esta mañana y si hay un mañana, tampoco seré el mismo. Todo tan exacto como dos y dos son tres, tal cual aseguraba, con exactitud, Cassandra.

Inviernos de lluvia y caminatas de juvenil indolencia por los zapatos pasados de agua, contemplándonos con la aceptación de aquéllos que se sienten libres aún en momentos de opresión e incertidumbres tocando a nuestras puertas, sin imaginarse siquiera lo añorables que serían esos momentos, únicos e irrepetibles en los tiempos como ahora, en que todo aquello es una especie de bálsamo arrancado a tirones y en jirones para plantarlos frente a nuestros diarios aconteceres por el mágico influjo de unas bocanadas.

Imágenes color sepia superponiéndose en un caleidoscopio gigantesco. Veranos pretéritos que afloran con las primeras experiencias de todo tipo. Inmensa fauna que revoloteaba por las calles de mi pueblo, con sus melenas al aire bajo la mirada reprobadora de los mayores, en su migrar estacional hacia las playas, más allá de toda duda respecto a sus futuros y existencias. Hermandad del compartir y creer en un mañana, que se fué al reverendo carajo, aplastado, digerido y defecado por la implacable maquinaria del deber ser.

Pero yo, vivo.

 

 

 

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